Tenía un compañero en 3º de EGB que siempre se burlaba de mí asegurando que era adoptado o que mi madre era una… bien, no voy a repetir sus palabras exactas, dejémoslo en “mujer de vida alegre” (siempre me hizo gracia esa expresión).
Aquello empezó a ocurrir después de que, a la salida del colegio, él viera a mis padres. Ambos tan rubios que su pelo parecía casi blanco, como buenos daneses que son. Los ojos azul claro y la piel pálida. En cambio, un servidor, tiene el pelo negro, los ojos achinados y grises oscuros. Y mi piel, si bien es más pálida de lo normal para un residente de la costa mediterránea, sigue siendo más oscura que la de mis padres.
Tuve más de un problema con ese chico (¿qué chaval de diez años tolera que insulten a su madre?). Aunque todos lo teníamos. Creo que su hostilidad se debía a su apellido. A nadie le sienta bien apellidarse “Conejo”.
Un día que Cara Conejo estaba especialmente pesado y yo especialmente cansado, los insultos nos llevaron a las manos, de nuevo. Pero esta vez, él pidió ayuda a un amigo para pegarme.
Nunca antes me habían dado una paliza. Había llegado a las manos con Cara Conejo, sí, pero siempre había alguien que nos separaba y la cosa no llegaba demasiado lejos.
Mientras yo estaba en el suelo, cubriéndome como podía y ellos me pegaban, sólo podía llorar de rabia e insultarles. No resulta muy heroico, lo sé. Pero qué queréis que os diga, estaba asustado y el amigo de Conejo era mayor que nosotros y yo lo veía como una criatura del averno, enorme y terrorífica.
Cuando ya estaba cerca de pedirles que pararan, oí a un chico gritando como loco. No entendí lo que dijo, pero algo me decía que estaba de mi parte. Yo, que no veía nada con los brazos protegiéndome la cabeza, noté que las patadas cesaban de golpe. Abrí los ojos y me incorporé.
Un chico de otra clase, que conocía de vista también del conservatorio, se había abalanzado sobre ellos. Era increíble cómo se defendía de los dos a la vez. Yo nunca había visto nada igual. Aunque no parecía hacerle falta mi ayuda, me sumé a mi salvador (Arnau) y entre los dos, le dimos tal paliza a ambos, que Conejo nunca volvió a ser el mismo conmigo.
No lo digo con orgullo… no del todo. No es que me guste pegar a la gente, pero en aquél momento, aquello fue una gran hazaña. Defendí el honor de mi madre, vencí a un matón (con ayuda, vale) e hice un gran amigo (que sigue siendo el mejor hoy en día).
Lo más curioso, es que un día, con catorce años, decidí contarle todo aquello a mi madre. En su momento me parecía demasiado vergonzoso, así que tardé varios años en contarlo. Habíamos terminado de comer, mi madre fregaba los platos y yo barría. Mi padre tenía trabajo en su estudio.
No recuerdo cómo la conversación llegó a eso, pero sé que le dije que un chico estuvo mucho tiempo diciendo cosas horribles sobre ella y que también decía que era adoptado. Mi madre aseguró que eran cosas de críos ante lo de los insultos sobre ella, pero cuando pronuncié la palabra “adoptado” que quedó helada.
Estuvo sin hablar durante varios minutos. Luego dejó los platos y se fue a buscar a mi padre. Cuando volvieron yo ya tenía las manos agarrotadas de sujetar con tanta fuerza la escoba y barrer la misma zona cien veces. Ya sabía lo que vendría a continuación.
Ese día, me dijeron que era adoptado.

-- Mmm... ¿Qué?
-- Que soy tu hermano - repetí, mientras forcejeaba con los pantalones que no querían subirse del todo.
Y a mí que me preocupaba que me viera despeinado... ¿qué mejor que presentarse por primera vez a tu hermana con unas braguitas puestas? Miré a mis amigos, suplicando ayuda, pero estaban demasiado ocupados riéndose.
Cabrones...
No quiero meterme con tus padres, pero te lo habrían podido decir antes. En cuanto a los matones, ya les fue bien.
Se que esto es viejo, tiene más de un año, pero la historia es real? Me parece interesante la narración, me gustaría seguir leyendo...
Saludos